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CIENCIA Y ARTE

Posted by on Jun 24, 2019 | 0 comments

CIENCIA Y ARTE

Tras visitar la exposición monográfica de Fra Angélico en la que se presentaba la restauración de su obra emblemática, La Anunciación, se me ha presentado nuevamente una reflexión que me acompaña hace años y que, como una letanía, reaparece cada cierto tiempo en mi cabeza: la relación de la ciencia y el arte.

La ciencia tiene como cualidades el rigor, la metodología, la sistemática, el orden, el análisis, la reproductibilidad de los sucesos, los datos, etc. La ciencia prescinde de lo superfluo, se dirige de una forma, un tanto fría, a los hechos probados, como si de una investigación policial o forense se tratara.

En cambio, el arte se complace en lo intangible, en la sensación, en la emoción, en lo sutil, en el conjunto de trazos, de pinceladas, en la intuición y la inspiración. Las musas orientan al artista que se deja guiar de una forma casi inconsciente por sus pulsiones sin reflexión. El arte fluye desde dentro y brota de una forma abrupta por cada uno de los poros del artista, tomando forma de la mano casi sonámbula del creador.

Estos estereotipos que definen el arte y la ciencia son exagerados, inexactos y quizá hasta injustos. La ciencia tiene elementos de una singular belleza, coma la que define las gráficas de las ecuaciones matemáticas, los movimientos planetarios, la coloración de las preparaciones tratadas con colorantes, cuando se producen reacciones antígeno-anticuerpo o el delicado equilibrio de fuerzas que soporta una columna vertebral, responsable del sostén orgánico y de su enorme versatilidad de movimientos.

El arte, en cambio, necesita de multitud de cálculos, medidas y proporciones, ensayos y errores continuos, tratamiento químico de las superficies de trabajo, pruebas de color y trabajo de medida detallado y sistemático.

Contemplando el virtuosismo de los detalles de ese cuadro, se puede apreciar el trabajo exquisito, más propio de orfebre, con el detalle de los panes de oro y su textura, la alineación de las plumas de las alas siguiendo una geometría curva perfecta, con líneas de fuga que se desenvuelven juntas con una gracilidad que parecen flotar pese a su textura rotunda, oro y grácil al tiempo.

Los detalles infinitesimales de los ojos, las pestañas, los labios de La Virgen, el Ángel, Adán y Eva definen un cuidado y gusto por el detalle más propio de un matemático que de un pintor, y sin embargo, se presenta como algo mas fruto de la inspiración que de la reflexión.

El arte le debe mucho a la ciencia, pero la ciencia también le debe mucho al arte. La manera de observar el mundo de los artistas, expandida, sin prejuicios, sin rigidez metodológica, abierto a lo que los sentidos y las emociones transmiten, ha permitido también el avance e inspirado a más de un científico, como a Newton, absorto por la naturaleza, su belleza y sus reglas matemáticas.

Si esto es fascinante, aún lo es más comprobar que la restauración de un cuadro es una ciencia paralela a la medicina. Los restauradores analizan en detalle el cuadro, comprueban su historial, su edad, como se desarrolló, dónde ha pasado los años de su vida, si ha tenido accidentes, traumatismos y si ha sido sometido a operaciones previas.

Se realizan pruebas de imagen, infrarrojos, radiografías y se comparan con otras previas, revisando, como es el caso, la razón de una grieta en la tabla, una quemadura de vela en el vestido de Adán. El proceso es minucioso como el diagnóstico de un enfermo inestable, añoso y con patologías múltiples, precisa disponerse del mayor número posible de datos antes de cualquier intervención por pequeña que sea, en entorno preparado, profesionales cualificados, muchas veces de varias disciplinas y siempre hay que tener un plan B por si la situación cambia durante el tratamiento.

La delicadísima reparación, la minuciosa limpieza con solución de silicona, la retirada de las restauraciones previas y la recolocación de base, panes de oro y retoques de color para convertir al paciente de casi 600 años de edad en un lustroso maduro, pleno de color, con el porte de una estrella del cine o del fútbol y el poso de una obra universal.

Esos restauradores, a medio camino entre artistas y terapeutas, con la capacidad del conocimiento y la sensibilidad del artista, bien podrían definirse como médicos de las pinturas.

Igual que a los médicos se les podría reconocer esa faceta intangible, esa cualidad no científica, que supone la empatía, la mano izquierda, el ojo clínico que puede explicar los aspectos no estrictamente científicos de nuestra dedicación, etc.

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