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YERSINIA PESTIS

Posted by on Abr 2, 2018 | 1 comment

YERSINIA PESTIS

La historia de la medicina está jalonada de míticas figuras que han destacado por su intuición, por su tesón o por su inteligencia.

Hombres y mujeres que, en pos del conocimiento, dedicaron su vida a la investigación y también a los demás, no solo a la ciencia, sino también a la atención a los afectados por la enfermedad.

Muchos son los nombres y es injusto recalcar uno a expensas de olvidar a otros, pero este blog tiene un espacio limitado, aunque el número de entregas por el momento no tenga límite.

 

En las postrimerías del siglo XIX, la ciencia alcanzó la madurez al descubrir que el procedimiento que permitía validar todas las hipótesis, el método científico, no conocía límite geográfico ni de disciplina y se podía aplicar en cualquier ámbito del conocimiento.

A la inquietud del ser humano y el desarrollo de nuevas herramientas de investigación, como el microscopio, se añadió el crecimiento industrial y económico que cambió la forma de vida de la humanidad, la Revolución Industrial acarreó una revolución del conocimiento. Sin embargo, pareciera que últimamente asistimos a una revolución detrás de otra debido al progreso vertiginoso de la ciencia y la tecnología.

Nuestro protagonista de esta entrega es Alexander Yersin, nacido en Lavaux, cantón suizo de Vaud, a medio camino entre las culturas alemana y francesa.

Comenzó sus estudios de medicina en Lausana, aunque los completó en Marburgo, estudiando primero con Robert Koch, el descubridor de la tuberculosis y, posteriormente, con Louis Pasteur en París.

De la mano de Emile Roux describió la toxina diftérica y colaboró en los primeros momentos del Instituto Pasteur.

Cuando su carrera como investigador microbiológico parecía encauzada, decidió dar un giro a su destino, incorporandose como médico embarcado en una compañía de mensajería marítima en la línea Saigón-Manila y Saigón-Haiphong.

Aquellos viajes de cabotaje le permitieron conocer gran parte de las costas del sudeste asiático, descubriendo el que sería su hogar definitivo, Nha Trang, una tranquila bahía donde, además de su hogar, fundaría una sucursal del Instituto Pasteur en Asia.

Decide dedicarse a la agricultura y planta árbol de caucho, importado de América, vendiendo a los fabricantes de neumáticos Michelín su producción y también implantando el árbol de la Quinina para su explotación como remedio para la malaria. Ambos negocios le resultaron muy rentables y le permitieron dedicarse a su obra sanitaria sin presiones crematísticas.

Realizó múltiples viajes cartográficos, al más puro estilo de los descubridores del XIX, como el Dr. Livingstone, del que era ferviente admirador, tanto como explorador como por su labor humanitaria en pro de los desfavorecidos habitantes de las tierras descubiertas. En uno de esos viajes, fue asaltado por unos bandidos siendo herido de gravedad, debido a la distancia hasta la civilización y la falta de otros sanitarios, debió dirigir personalmente su propia operación por parte de sus acompañantes.

Fue enviado posteriormente a Hong-Kong para investigar el origen de la epidemia de peste de 1894.

Pese a la falta de colaboración de las autoridades, que por otra parte colaboran con Kitasato, médico japonés discípulo de Koch, consiguió cultivar y describir la bacteria causante al cultivarla a temperatura ambiente, debido a la ausencia de medios de cultivo con temperatura controlada. Esta carencia de recursos y quizá un cierto grado de Serendipia, le permitió anticiparse a Kitasato, dando su nombre, Yersinia Pestis, al germen.

Además, descubrió la relación directa entre las ratas como vectores y reservorios de la enfermedad. La plaga que asoló Europa en la edad media y diezmó en varias ocasiones su población tenía un responsable y no era el mal de ojo, o los infieles, sino una bacteria y la falta de higiene.

En el final de su vida, fue presidente honorífico del Instituto Pasteur, acudiendo regularmente a la metrópoli, aunque siempre desde Vietnam, donde encontró la muerte en 1943. Allí, pese a los conflictos políticos y militares que afectaron la región, su legado y memoria siguen vivos, con numerosos testimonios en forma de escuelas de medicina, instalaciones públicas o calles.

El hombre, el investigador, no renuncio a su sueño. Vivió con intensidad y libertad aquello que más le apasionaba y no escatimó esfuerzos para lograrlo, incluyendo abandonar su hogar, su cultura y su país y afincarse al otro lado del mundo.

Su vida, es el excelente argumento de una novela no menos sublime de Patrick Deville, titulada “Peste & Cólera”, cuya lectura les recomiendo encarecidamente.

 

1 Comment

  1. La divulgación es el mayor adelanto del conocimiento, dar a conocer grandes hombres y grandes descubrimientos a “pequeños hombres”, ¡Felicidades, gran trabajo”

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