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VÍCTIMAS

Posted by on Mar 12, 2018 | 0 comments

VÍCTIMAS

El día 11 de marzo de 2004 se produjo en Madrid el mayor atentado terrorista en Europa de la historia, 193 personas fallecieron y más de 1500 resultaron heridas.

Varios trenes que confluían en la estación de Atocha estallaron en un breve lapso, provocando la muerte, el horror, el miedo, el caos y también el dolor. Un dolor terrible, el que sintieron los muertos, el que padecieron los heridos y el de los demás afectados, que fueron familiares, testigos, transeúntes y, naturalmente, servicios de emergencia: sanitarios, policías, bomberos, protección civil. Todos los humanos de buena voluntad sentimos esa oleada de dolor recorrer la ciudad y el Mundo entero. Tuvimos la conciencia de la muerte y la destrucción, que vemos a diario en los medios de comunicación, en otros países y escenarios de guerras o locuras insensatas de violencia y poder.

También, recordamos ese día como el de la solidaridad, la compasión, la generosidad, de personas tan anónimas como las víctimas, de profesionales abnegados, hombres y mujeres que acudieron a sus puestos de trabajo sin ser llamados y sin pedir reconocimientos, horas extra, penosidad o equiparación salarial.

 

Trabajaron juntos desde el corazón, solo por la conciencia de que era su imperativo categórico y demostraron que la humanidad tiene mucho más de bueno que de malo.

Unos pocos fueron capaces de generar un grandísimo dolor a muchos, pero muchísimos colaboraron y aun colaboran por aliviar el dolor y consolar a los afectados. Sin duda, somos más los que estamos del lado de la solución y no del problema.

Otro 11 de marzo, pero de 2011, en Japón, un fenómeno natural provocó un desastre humano de proporciones colosales. El tsunami genero gran destrucción y afectó además a una central nuclear, con las secuelas aun presentes, de radiactividad. También generó serias dudas sobre el sostenimiento de un modelo energético basado en materias primas y procesos muy contaminantes. Miles de víctimas y cientos de miles de afectados aún tratan de recuperar la serenidad tradicional de la cultura japonesa.

El 11 de marzo de 2018 aparece el cadáver del niño Gabriel Cruz, de ocho años, desaparecido de las inmediaciones de su casa en un pequeño pueble en Almería, generando inquietud sobre la seguridad de nuestros hijos en un país civilizado como el nuestro y alejados del peligro de las grandes ciudades (¿?)

Además de esas víctimas, cuando atendemos una situación de parada cardiaca siguiendo los protocolos de las sociedades científicas (ILCOR, AHA, ERC, CERCP…) hablamos de víctimas, reales o potenciales.

Son víctimas las mujeres maltratadas o asesinadas, los niños secuestrados, los implicados en accidentes de tráfico, tren o avión. Son víctimas los estafados por promotores o inversiones sin escrúpulos, y todos aquellos que huyen del tercer mundo buscando oportunidades en el primero, tanto en sus países, como en las travesías por tierra y por mar, y por último, son víctimas de la explotación, la injusticia o la falta de solidaridad.

Ser víctima, por definición, supone recibir un daño, lesión, impacto, sufrimiento no merecido, inesperado, injusto. Esto iguala a todas las víctimas, pues lo que les sucede no depende de ellas, sino de las circunstancias del azar.

Cuando reivindicamos como hoy a las víctimas, no pretendemos convertir a todo el mundo en una de ellas, sino evitar que esas situaciones de abuso o daño se vuelvan a producir. Siguiendo con el protocolo de reanimación, el primer gesto que debe realizar un reanimador al tener conciencia de una víctima real o potencial es evitar incrementar el número de víctimas, incluyéndose a sí mismo.

Debemos acabar con todas esas discriminaciones que producen dolor, que generan injusticia y eso debemos hacerlo todos juntos. Todas las personas de buena voluntad, dejando de lado las naturales diferencias de criterio u opinión, de género, raza, nacionalidad, edad o estatus económico.

 

Nunca seremos completamente iguales, pero debemos ser equivalentes y rechazar las violencias, integrismos y fanatismos que, a veces, disfrazados, pretenden imponer relatos únicos de la realidad. La realidad es de todos y la construimos cada día con la suma de todos nuestros esfuerzos.

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