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CISTITIS INTERSTICIAL

Posted by on Ene 15, 2018 | 0 comments

CISTITIS INTERSTICIAL

En medicina la manera de etiquetar a las enfermedades tiene varios criterios. En algunos casos son nombres griegos o latinos los que se emplean para acuñar un nuevo término, como histeria o esquizofrenia, haciendo, eso sí, referencia a la sintomatología o a la parte del cuerpo afecta.

Otras veces, es sólo el nombre del investigador que la describió en primer lugar, como enfermedad de Parkinson o Alzheimer, si bien a veces por el trascurso del tiempo los nombres compuestos acaban haciendo olvidar algunos ilustres apellidos, en pro de la economía de medios o del papel de la hoja de los apuntes (Charcot-Marie-Tooth, Creutfeld-Jakob). En muchos casos, solo se nombra de forma descriptiva el signo o síntoma más relevante, como pueda ser la CISTITIS INTERSTICIAL.

La definición de la enfermedad dice casi todo lo que sabemos de ella: que cursa con una alteración evidenciable del endotelio o pared interior de la vejiga. Sin embargo, no aclara prácticamente nada de lo que ignoramos: no conocemos la etiología, la fisiopatología, ni sabemos por qué, ni a quiénes, ni cuándo, pero sí que suele debutar en la tercera/cuarta década de la vida y que afecta más a las mujeres (casi un 90%), lo cual, en el contexto de la patología dolorosa, no es ninguna novedad.

Sabemos que comienza de forma insidiosa y progresiva, que sus síntomas se van acompañando progresivamente de dolor abdominal bajo y perineal y de síntomas relacionados con síndrome miccional: ganas continuas con poca cantidad, poliaquiuria, molestia al orinar, disuria, sensación de quedar con ganas al finas de la micción y con dificultad para empezar, tenesmo y por último pequeñas o grandes pérdidas de capacidad de controlar la micción, incontinencia. Todos los síntomas anteriores asociados generalmente a signos de infección, como fiebre y alteraciones en la orina, como hematuria o piuria (presencia de sangre o leucocitos en la orina), suelen presentarse en las cistitis convencionales y suelen resolverse con medidas generales y antibióticos.

A veces sucede que unas cistitis de repetición, subagudas, sin la posibilidad de detectar gérmenes en los cultivos y agravadas por la vida normal, los ciclos menstruales con el ritmo intestinal y todos los movimientos y cambios de presión del piso abdominal inferior que no responden a tratamiento, nos llevan casi por exclusión a reconocer esta enfermedad.

L@s pacientes con cistitis intersticial, como muchas patologías de diagnóstico difícil, pasan un pequeño calvario por el dolor continuo en el piso abdominal inferior, aumentado con los movimientos, la marcha o la sedestación (recordemos que la vejiga ocupa el centro de la pelvis) y aumenta con cualquiera de las funciones de esa región, como la defecación, las relaciones sexuales y, por descontado, la propia micción.

La dieta también puede repercutir, pues los alimentos ricos en potasio, como muchas frutas; el chocolate; los picantes; las especias; las bebidas con cafeína; el tabaco; o el alcohol; también agravan el dolor y la irritación.

El diagnóstico fundamentalmente clínico se ratifica con una cistoscopia, visión directa de la pared vesical mediante un catéter conectado a fibra óptica y, si es precisa, biopsia de la pared. Los hallazgos suelen demostrar alteraciones en el aspecto normal del endotelio, deslustrado, palidecido y ocasionalmente presencia de lesiones cicatriciales (ulceras de HUNNER). La biopsia además de valorar las características inflamatorias crónicas del tejido, con posible presencia de mastocitos, permite descartar otras patologías, como tumores vesicales, que inicialmente pueden tener los mismos síntomas.

Como solemos recordar en nuestra Unidad, la cura en estos cuadros es muy complicada o imposible, pero la mejoría evidente también es la norma en cerca del 90% de los casos, por lo que se debe iniciar el tratamiento en el momento que se realice el diagnóstico.

En primer lugar, la parte que corresponde al paciente, evitando aquellos agentes que empeoren la sintomatología, revisando la dieta, realizando entrenamiento vesical mediante bio-feedback y ejercicios de suelo pélvico.

En segundo lugar, el uso de pentosano polisulfóxido, dimetil sulfoxido, y de medicamentos analgésicos neuromoduladores, como amitriptilina, duloxetina, hidroxicina y otros analgésicos pueden aliviar las molestias.

En último lugar, la neuromodulación, de la que ya hemos hablado en #ElBlogdelDolor, mediante bloqueos analgésicos, sean epidurales o radiculares, con esteroides y radiofrecuencia, incluyendo el bloqueo del ganglio impar, los implantes de electrodos epidurales, la resección o distensión vesical, etc., puede ser una terapia de rescate si falla todo lo anterior.

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