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ADICCIONES

Posted by on Dic 11, 2017 | 0 comments

ADICCIONES

En la estructura del ser humano, y probablemente del conjunto de los seres vivos, las acciones favorables a la subsistencia se ven reforzadas, facilitándose la repetición de las mismas.

La explicación que damos a gran parte de los comportamientos de los animales (incluyámonos) es que son exitosos y se integran en un esquema de respuesta aprendido y enseñado a las siguientes generaciones. Ese aprendizaje se ve reforzado por un beneficio: consecución de logros, escape de peligros o, simplemente, incremento de los niveles de sustancias orgánicas, como la dopamina, que nos hagan percibir que la experiencia es favorable.

En el contexto humano, el bienestar, el placer, tienen mucho de interpretación, pero mucho más de modificación de las interacciones neuroquímicas de las que somos esclavos. Esta es una de las claves de las adicciones: obtener un beneficio, una recompensa o alejar un daño.

Sin poder entrar en una explicación finalista de nuestras estructuras neuronales que trascendería a este escrito, nuestra naturaleza se ha construido con una serie de mecanismos, más o menos automáticos, que facilitan determinados comportamientos, que han sido útiles para la supervivencia de la especie. Lo han sido hasta la fecha por las condiciones de vida que acarreábamos desde nuestra aparición en la Tierra, pero puede que sean un lastre para el futuro.

 

 

 

 

El ser humano está configurado para sobrevivir en condiciones difíciles, para tomar decisiones de inmediato y por anticipado, para reconocer lo favorable y rechazar lo desfavorable en el menor tiempo posible, para sacar partido a recursos escasos y escapar corriendo.

Sin embargo, la sociedad de la opulencia, sedentaria y ociosa, además de ser capaz de crear las grandes obras de la historia del arte, o explicar la naturaleza y sus leyes, vive en un mundo de exceso, en el que lo normal no es suficiente y hace falta aumentar continuamente la dosis de todo para obtener una sensación de saciedad. Este fenómeno se sucede en todos los ámbitos de la vida y de la sociedad, explica muchas de las adicciones que amenazan con acogotar nuestra forma de vida.

La adicción al tabaco, al alcohol, a las drogas, al azúcar, al sexo, a los móviles, a las redes sociales, al trabajo, al ejercicio y todas las otras cosas, tienen un sustrato orgánico y cultural. Orgánico por los circuitos de recompensa neuronales, por la producción e interacción de neurotransmisores, y cultural por la diferente tolerancia y reconocimiento a según qué prácticas en cada país o civilización.

En los últimos meses, hemos tenido noticias del escalofriante ascenso del número de pacientes con adicción a opioides en los Estados Unidos, relacionados con el tratamiento del dolor, al menos inicialmente,  lo que ha puesto en entredicho la seguridad de los opioides y su verdadera utilidad en el tratamiento del dolor.

Los opiáceos causaron cerca de 19.000 muertes por sobredosis en ese país en 2014, según la Sociedad Americana de Medicina de la Adicción. Al menos otras 10.500 muertes se produjeron por sobredosis de heroína, también un opioide usado como droga recreativa, conseguido de forma clandestina, probablemente adulterado y sin las condiciones de composición, conservación y esterilidad mínimas, y de forma ilegal.

A estas sustancias muchas veces recurren también personas que han desarrollado adicción a opioides prescritos que, por la limitación legal o por el coste económico inferior, les resulta más fácil conseguir su dosis de esta manera irregular.

De todos es sabido el enorme potencial adictógeno de muchas de las sustancias que se usan como agentes terapéuticos y en otros casos como agentes recreativos.

El opio y sus derivados son conocidos desde el mundo antiguo por sus propiedades sedantes y analgésicas, pero también por su capacidad para abstraerse del mundo y sus tentaciones.

Este problema no es nuevo, pero su enorme dimensión y las proporciones que puede tener en una proyección futura deben hacernos reflexionar.

En primer lugar, proscribir objetos inanimados o moléculas es algo parecido a culpar al mensajero del problema. Los medicamentos, no son en sí mismos buenos o malos, depende de la manera y la dosis en la que se empleen su potencial bondad o maldad, y pueden pasar de un lado al otro de la línea roja entre lo terapéutico y lo tóxico.

Nuestra sociedad tiene que ser consciente de sus limitaciones, de la necesidad de conocer su funcionamiento, sus defectos y, también, sus virtudes. Cada uno de nosotros debemos aprender lo que nuestros cuerpos nos dicen, descifrar sus mensajes y actuar en consecuencia para preservar la salud. De otro lado, los profesionales debemos aconsejar de la mejor manera qué herramientas terapéuticas son las más adecuadas en cada momento.

Por tanto, es una tarea individual y colectiva, que requiere un esfuerzo y un compromiso constante y que necesita una revisión permanente para adecuar recursos y objetivos a las circunstancias vigentes. Los opioides son excelentes armas contra el dolor, pero es mucho mejor evitar que el dolor aparezca o se desarrolle de manera crónica, con un estilo de vida saludable, y podemos y debemos investigar nuevas estrategias y armas terapéuticas para el futuro.

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