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Enfermedades Mentales

Posted by on Oct 9, 2017 | 0 comments

Enfermedades Mentales

La arbitraria división entre cuerpo y alma de los seres humanos, que sostenía la filosofía clásica de Platón y Aristóteles, ha persistido como referencia en la descripción de los hombres hasta nuestros días.

Digo arbitraria porque, hasta donde conocemos, el alma no tiene existencia propia más allá del cuerpo: todos y cada uno de los procesos que atribuimos a la mente y al pensamiento, residen en la materia de la que estamos hechos todos.

Quizá, en un futuro, cuando estemos en la cola del Juicio Final a la espera de reconocimiento y destino eterno, nos pidan explicaciones por estas y otras afirmaciones, pero, tratando de ser honesto, no tenemos elementos que nos permitan decir lo contrario. Nuestra alma está en nuestro cuerpo (amén de algunos grupos de desalmados que actualmente en manadas campan por sus respetos y que nos tienen arrinconados a una gran mayoría silenciosa).

De esta división arbitraria de alma y cuerpo se ha venido deduciendo que las enfermedades del alma no residen en el cuerpo, cosa que es absolutamente falsa.

Las llamadas enfermedades del alma, las enfermedades mentales, residen también en el cuerpo, en la parte del cuerpo donde organizamos nuestro pensamiento, determinamos nuestros deseos o sentimos nuestras emociones, es decir, en el cerebro.

De aquí podemos deducir que las enfermedades mentales tienen un trasunto orgánico que podemos estudiar y tratar. También encontramos referencias mentales en muchas otras patologías orgánicas y, si nos miramos detenidamente al espejo o conduciendo nuestro automóvil, quizá encontremos algunos otros indicios o pequeñas desviaciones en nuestro propio comportamiento ligeramente anómalas.

Indefectiblemente, la conclusión a que nos lleva esto es que el cuerpo es una única entidad y las cosas que le suceden afectan de forma consustancial a cada una de sus partes, aunque el problema no resida específicamente en ellas.

El problema del dolor aparece en este análisis de una doble manera.

De un lado, muchas patologías dolorosas, especialmente el dolor crónico, tienen un componente psicológico y vivencial esencial que debe ser tratado de manera complementaria, como una parte más de la enfermedad, lo que tiene mucho sentido, puesto que la patología sostenida indefectiblemente afecta al ánimo, aspecto que ya decían los clásicos también: la repetición del esfuerzo inútil conduce a la melancolía, que teñía de oscuro por la bilis negra a la persona).

De otro lado, un problema quizá menos frecuente pero igualmente importante sería la manera en la que podemos estudiar y tratar la patología dolorosa que se presenta en pacientes con trastornos psiquiátricos.

No protegen los trastornos psiquiátricos del dolor y, por tanto, estos pacientes también desarrollan Artrosis, Lumbociatalgias, Neuralgias postherpéticas o cicatrices dolorosas. Las dificultades que acarrean los trastornos psiquiátricos para establecer una comunicación muchas veces pueden interferir el proceso diagnóstico normal. Si el sistema de control y comunicación del ser humano está alterado, la información que nos transmite debe ser analizada de una manera detallada para evitar errores.

Los dos aspectos del problema precisan necesariamente atención especializada y como profesionales debe ser nuestro objetivo dar la atención que necesitan cada uno de los trastornos: la colaboración multidisciplinar se hace no necesaria, sino imprescindible una vez más en estas circunstancias.

El San Benito de enfermedades mentales que se le ha colocado a muchas patologías para restarles importancia habría que desterrarlo definitivamente. El dolor, la depresión, la ansiedad, la neurosis, la esquizofrenia o la neuralgia de trigémino tienen un soporte orgánico tan evidente o más que la hepatitis o el linfoma, solo que los órganos afectados y su sintomatología es distinta.

 

 

 

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