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UTOPÍA SANITARIA

Posted by on Sep 11, 2017 | 1 comment

UTOPÍA SANITARIA

 

 

 

UTOPÍA SANITARIA

Desde Tomás Moro, el concepto de utopía viene apareciendo de forma periódica en el marco de nuestra sociedad y en el entorno de nuestra cultura.

La Utopía que él proponía era un espacio ordenado, en el que la felicidad radicaba en el cumplimiento de una serie de normas, bien engrasadas por la doctrina cristiana.

Las utopías inventadas desde las clases rectoras o desde el poder, siempre encuentran el ideal en el orden, mientras que, cuando es el pueblo el que la plantea, están más cerca del cuerno de la abundancia o de las Ínsulas de Sancho Panza. Casi siempre es precisamente la opulencia o la alimentación, la bebida o el desenfreno, lo que hace de ese un espacio idílico.

En el desarrollo histórico estás utopías han tenido diversos recorridos matizados por los vaivenes culturales y políticos. Imperios, monarquías, revoluciones o republicas han definido esa Arcadia feliz de diferente manera, cargando la suerte en sus preferencias o modos de entender las relaciones sociales.

En nuestros días las utopías dependen igualmente de quien las busque. Los poderes centrales hablan de organización, de sistematización, de equidad. Los poderes periféricos de proximidad, de personalización, de hechos diferenciales y de accesibilidad.

Lo que a veces es sorprendente es que unos por otros la casa está sin barrer.

En nuestro contexto sanitario, la utopía de la salud como derecho, la asistencia sanitaria universal, gratuita, de calidad pese a las buenas intenciones y a la profusión de recursos invertidos, sigue estando todavía lejos de ser una realidad.

Tanto si hablamos de los países civilizados, como si lo hacemos de los del tercer mundo, ese objetivo está muy lejos de alcanzarse, con más motivo en los segundos, llenos de desigualdades y cargados de miseria endémica.

Estados Unidos, paradigma de tierra de oportunidades, de desarrollo científico, con muchas de las universidades más prestigiosas y hospitales punteros del mundo, no es capaz de garantizar la atención sanitaria a todos sus ciudadanos y el mérito de esos investigadores y premios Nobel queda eclipsado por la falta de equidad del sistema y su alto coste.

En los países europeos, la sensibilidad y el coste va por barrios. Gran Bretaña, Francia, Alemania tienen sistemas desde luego costosos con soporte y cobertura pública o privada y con una calidad que no desmerece la norteamericana.

En nuestro país, nuestro estado de las autonomías ha descentralizado la asistencia y ha aproximado la atención al ciudadano. No ha escatimado recursos para destacar la diferencia, pero también ha consumido muchos de ellos en demostrar las bondades de su modelo concreto respecto del de otros vecinos. Se ha intentado ser tan diferente que, a veces, se da la paradoja de que ciudadanos de la misma nacionalidad tienen más dificultades para recibir asistencia que aquellos que vienen de otros países. Incluso en el tratamiento del dolor, se han dado diferencias de este tipo, haciendo mucho más accesible para unos ciudadanos la atención que para otros por la diferente sensibilidad de sus autoridades a pacientes, tratamientos o circunstancias.

El paradigma de esta desigualdad es el documento que acredita el derecho, la tarjeta sanitaria, o mejor dicho, las tarjetas sanitarias, que permiten asistencia, que aseguran atención, pero ligada a la comunidad de empadronamiento y que, en caso de desplazamiento temporal, puede hacer muy difícil la continuidad en las prescripciones. Es el caso de los periodos de vacaciones, o de personas que, viviendo en una comunidad, acuden a visitar a familiares por un periodo más o menos largo.

 

 

 

 

 

Existiendo muchos aspectos comunes, ¿no sería posible un documento único, un carné único, con registro e historia accesible que permitiera facilitar la vida a pacientes, familiares y profesionales de la salud, cuando los abuelos visitan a los nietos y necesitan comprar un medicamento porque lo han olvidado o han tenido un agravamiento?

¿Una receta electrónica compatible para la continuidad en el seguimiento en pacientes ancianos o crónicos que acuden a climas benignos de la costa mediterránea que evite conflictos a médicos que no conocen al paciente, farmacéuticos que no pueden dispensar sin receta el medicamento y a los pobres pacientes que deben desplazarse a sus comunidades de origen para conseguir esa prescripción?

¿Para cuándo una tarjeta sanitaria única o equivalente?

Si los sistemas de salud son 17, que lo sean, pero contemplando que la población, sus necesidades y problemas son las mismas y necesitan una respuesta semejante.

Aún hay muchas ineficiencias por justificar: ascensores en los que no caben las camillas; duplicidades en determinadas asistencias; servicios y ausencia de las mismas en otros territorios; esperas aceptables en algunas comunidades e incalificables en otras…

 

 

1 Comment

  1. Oportuno punto de vista, 17 sistemas sanitarios originan una discriminación sanitaria sin quererlo, como de hecho la hay a nivel fiscal. Nunca se debería haber descentralizado la sanidad y existir centros de referencia nacional. Pero es una opinión muy personal.

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