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Tres historias… y más

Posted by on May 8, 2017 | 0 comments

Tres historias… y más

En los últimos años del siglo XV la civilización europea comenzó a tratar de recorrer el mundo buscando una ruta alternativa para llegar a las Indias y comerciar sus preciados productos.

Los navegantes recorrían los mares muchas veces con los medios justos, para orientarse y para sobrevivir. Los víveres que se llevaban se basaban en cereales, salazones, ahumados, melazas y raramente productos frescos que apenas aguantaban en unas condiciones precarias de conservación. Recordemos que no existían los modernos frigoríficos, ni tampoco la electricidad.

Los hombres enfermaban de algo que se llamaba la peste del mar o la peste de las naves, que provocaba anemia, debilidad, manchas en la piel y hemorragias, generalmente en las encías. La enfermedad, en tan sólo un mes, llevaba a la muerte.

A pesar de los intentos de tratar el mal, algunos sorprendentes para nuestra forma de entender la salud y la medicina, no conseguían curarlos.

No fue sino hasta el siglo XVIII cuando James Lind, médico de la Armada británica, consiguió encontrar la solución embarcado en el barco Salisbury. Después de hacer pruebas, distribuyó por grupos  los enfermos con diferentes tipos de tratamiento. Entre ellos estaba la administración de cítricos que resultó eficaz, convirtiéndose en elemento imprescindible en los navíos que realizaban largas travesías sin tocar tierra a partir de entonces.

La enfermedad se identificó y se bautizó con el nombre de Escorbuto, producida por el déficit de vitamina C.

En el siglo XIX la Revolución Industrial, la miseria, la pobreza y el hacinamiento, dieron lugar a la aparición de una enfermedad que se caracterizaba por la debilidad, la palidez, a veces las dos, que posteriormente producía la aparición de sangre mezclada con las secreciones bronquiales, las hemoptisis.

Esta enfermedad no solo atacaba a los pobres; miembros de las clases acomodadas, tildados de sensibles, comprometidos con causas románticas, artistas, poetas, literatos, todos la padecían y formaba parte de las crónicas literarias, como en “La dama de las Camelias” (A.Dumas), y autores como Gustavo Adolfo Bécquer y Frederic Chopin, fueron algunos de los afectados.

No fue hasta prácticamente el final del siglo XIX y principio del XX, con los trabajos de Laennec, inventor del estetoscopio y, posteriormente, con los de Robert Koch, médico alemán, se identificó el bacilo de la tuberculosis que posteriormente se consiguió tratar con antibióticos y prevenir con vacunas.

En 1976 Hench acuñó el término de Fibromialgia o reumatismo sin afectación articular.

La enfermedad se ha identificado con los músculos, localizando toda una serie de puntos de dolor, casi siempre en las zonas de inserción de grandes grupos musculares.

Es una enfermedad que se acompaña de trastornos gastrointestinales, de depresión, alteraciones en el sueño, sensación de debilidad permanente y otros muchos síntomas, sin encontrarse en las pruebas diagnósticas, ni en las exploraciones, ningún signo de lesión o alteración analítica, al menos de momento y con los medios que tenemos actualmente.

Es una enfermedad que responde fundamentalmente al tratamiento con medidas físicas, el ejercicio reglado y los analgésicos o neuromoduladores como Pregabalina de forma ocasional.

Decía que, aunque a veces tengamos la sensación idéntica a las otras dos historias contadas, sobre la aparente falta de salida y su presunta incurabilidad, por muy oscura que sea la noche, las estrellas siempre acaban brillando.

Esperamos que en el futuro surja un campeón de la Ciencia que, como en la leyenda artúrica, sea capaz de extraer la espada de la piedra y resolver el enigma que ahora es para nosotros esta enfermedad.

Esta última historia no llega a 50 años desde su primera descripción, mientras que las otras dos tuvieron que esperar mucho más. Conociendo los avances científicos y lo indómito de la condición humana, creo que podemos ser optimistas.

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