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Cómo dar malas noticias y… buenas

Posted by on May 1, 2017 | 0 comments

Cómo dar malas noticias y… buenas

Entre los temas recurrentes que tratamos en #ElBlogdelDolor, la comunicación ocupa un papel superlativo. De hecho, este foro es una mera herramienta de transmisión entre el autor y sus cada vez más numerosos lectores, valor cenital y objetivo de este esfuerzo semanal que va a cumplir pronto los 5 años de vida.

La comunicación no es exclusiva de los seres humanos, aunque alcance su máxima dimensión entre nuestra especie. Otros seres vivos, desde las diminutas abejas hasta los seres más grandes habidos en el planeta, como son las ballenas azules, intercambian mensajes tratando de advertirse de circunstancias útiles para la supervivencia, riesgos y otras informaciones de utilidad.

Hasta donde sabemos, solo los seres humanos tenemos conciencia de nosotros mismos y la capacidad de pensamiento abstracto. Quizá también seamos los únicos que podamos hablar por hablar sin otro objetivo que el divertimento o el afán de pasar el rato.

Igualmente, aunque la regulación de las emociones reside en el mismo soporte que el de las secreciones, entendemos que la capacidad de percibir, describir y transmitir estas emociones es mayor en los seres humanos.

En el contexto de la comunicación sanitaria, los profesionales intentamos con nuestro conocimiento y esfuerzo ayudar a nuestros pacientes, aliviarles y, si es posible, curar sus enfermedades.

Sin embargo, con una cierta frecuencia, es necesario reconocer la limitación de nuestras manos y de nuestra ciencia.

El destino quizá no esté escrito, pero en todo caso circula por una vía relativamente acotada que hace muy complicado cambiar completamente lo que las circunstancias y la genética tienen previsto que suceda.

¿Cómo transmitir esas limitaciones o esas malas noticias? ¿cómo decirle a un paciente o a sus allegados que el camino ha llegado a su fin o que debemos salirnos de la vía principal y coger una vía accesoria que quizá, ya no nos lleve, al destino previsto?

En primer lugar, la honestidad profesional que habla de un rigor en el desarrollo del oficio basado en el conocimiento y la experiencia y también en la franqueza en todas y cada una de las actuaciones: sinceridad, sencillez y transparencia.

El paciente tiene derecho a recibir información, toda la información. Pero es nuestra obligación transmitírsela de una forma que pueda entender y digerir.

No todos los pacientes necesitan la misma cantidad de datos o explicaciones, pero todos ellos necesitan que detrás de la frialdad de esos datos esté la humanidad de sus interlocutores. Cualidades como la empatía se hacen imprescindibles en esas circunstancias

Hay que aprender a dar las noticias al ritmo que las circunstancias y los pacientes necesitan y también, hay que hacerlo con las buenas noticias, sin enmarañarse, sin circunloquios, sin enrevesamientos.

No es correcto atribuirse los méritos cuando las cosas van bien y achacarlo a las circunstancias cuando las cosas van mal. Tan responsables somos en uno y otro caso y siempre debemos estar ahí para recibir la felicitación o aceptar la crítica.

La enfermedad y la muerte son las otras caras de la realidad poliédrica que es la vida: debemos aceptarlo, pero debemos intentar hacerlo cuanto menos ingrato posible y ayudarnos unos a otros.

El contacto humano, ya sea mirando a los ojos, estrechando las manos o con un simple gesto de complicidad, nos da la verdadera dimensión de los profesionales, que día a día batallan en el fino alambre entre la vida y la muerte.

 

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