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El bálsamo de Fierabrás

Posted by on Abr 25, 2016 | 0 comments

El bálsamo de Fierabrás

En este año 2016, y en esta semana del 23 de abril, no podíamos abstraernos a la conmemoración del 4º Centenario de la muerte del autor más universal de las letras españolas, Miguel de Cervantes Saavedra.

La figura de Cervantes ha sido glosada una y mil veces en los últimos tiempos, y aún lo será mil veces más en los venideros. Lo merece el polifacético autor, lleno de matices en sus andanzas personales; recorriendo Europa y el Mediterráneo, al servicio de la Corona; en su cautiverio argelino; en su vida, ya española, llena también de peripecias; algunas penurias; y un nuevo paso por prisión. Esa vida y correrías seguro que explicaron muchas de las aventuras y opiniones de la obra que le catapultó a la fama universal, el Quijote.

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Desde aquí también el pequeño homenaje al padre de muchas de nuestras reflexiones, leídas en aquellas páginas, por eso ¡qué mejor que elegir un tema de este Quijote para nuestra cita!

Desde el punto de vista sanitario, uno de los elementos relevantes que desarrolla Cervantes es el bálsamo de fierabrás, remedio curalotodo a medio camino entre farmacología, fitoterapia, santería y brujería medieval.

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Cervantes introduce este remedio en reconocimiento pero también como burla de los “Libros de caballerías”, donde siempre había una mágica pócima, una solución milagrosa, un reconstituyente sobrenatural. El tema ni es nuevo, ni será la única vez que se empleé, pues no hay recurso más eficaz para resolver una situación sin salida en el mundo de la ficción que la utilización de un procedimiento sobrenatural, sea en forma de bebedizo, varita mágica, capa de invisibilidad o súper-poderes. En nuestro tiempo la magia ha sido reemplazada por el hallazgo científico, casi siempre trufado de alguna radiación intensa más o menos inesperada.

La leyenda cuenta que Fierabrás (“brazo fuerte” en francés), gigante hijo del emir Balán, tras saquear Roma, se apodera de múltiples reliquias cristianas como la corona de espinas, el aceite con el que fue ungido y los clavos de Cristo. Posteriormente, el caballero Olivier se enfrenta al gigante Fierabrás y, tras derrotarle, le hace convertirse al cristianismo y entregar el ungüento que bañó el cuerpo del Mesías.

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Éste y otros relatos, incluidos en el grupo de Cantares de Gesta, de motivo heroico con  Carlomagno y sus pares de Francia, con la Canción de Roldan como ejemplo más celebrado, tuvieron mucho éxito en su momento y parecen renacer actualmente de la mano del “Señor de los Anillos” o “Juego de Tronos”.

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El Quijote hace referencia igualmente a la composición del bálsamo, cuya fórmula magistral contiene aceite vino sal y romero, hervidos y bendecidos con oraciones varias, no inferior a ochenta, para conseguir su efecto final.

El Bálsamo resulta ser un purgante: el Quijote lo toma y se recupera casi de forma milagrosa, mientras que a Sancho le deja más bien maltrecho, atribuyéndose a su condición plebeya el resultado.

Hoy en día existen múltiples intentos de remedar estos bálsamos de fierabrás. Desde la farmacología, las nuevas combinaciones dadas en llamarse Polipills, mezclan varios medicamentos con la presunta intención de curar con una sola toma multitud de trastornos.

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De otro lado menos riguroso, la aparición de todo tipo de sustancias, muchas de ellas con la etiqueta de naturales, que pretenden prevenir o resolver problemas de difícil solución médica, atribuyéndoles propiedades antioxidantes, antienvejecimiento, adelgazantes, revitalizantes y analgésicas.

El bálsamo de fierabrás era una leyenda en el momento de escribirse el Quijote y sigue siéndolo actualmente

Desconfiemos de las soluciones milagrosas. Los problemas importantes necesitan una atención concienzuda y una dedicación constante tanto de médicos como, especialmente, de los pacientes. Evitemos los atajos para que no nos suceda como a Caperucita y nos encontremos con el lobo preparado para cambiar el final feliz del cuento.

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En otro clásico de la literatura castellana, bastante menos conocido, titulado “Calila y Dimna”, traducción de las versiones árabes y persas de la Escuela de Toledo de Alfonso X, se nos presenta un relato elocuente en este sentido.

El sabio Bercebuey, conoccedor por los libros de una combinación de hierbas empleadas en Oriente para resucitar a los muertos, pide permiso a su rey Sirechuel para acudir a buscarlas y aprender su manejo. Tras intentarlo y no conseguir resucitar a los muertos, consulta a los sabios del lugar que le indican que la medicina realmente es el conocimiento y los verdaderos muertos son los ignorantes que, con ese conocimiento, vuelven a la vida.

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Moraleja: la mejor cura de una enfermedad es evitar que ésta se desarrolle, pero para eso es necesario conocerla, tanto en su origen, como en su evolución, riesgos y prevenciones, y desconfiar de remedios mágicos.

 

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