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Relato de verano

Posted by on Jul 27, 2015 | 0 comments

Relato de verano

(Versión libre, recogida del relato oral de una paciente)

Aquella mañana despertó, como tantas otras mañanas. Abrió los ojos y vio su habitación en penumbra, llena de recuerdos y de soledad. Cuando Antonio murió, con él se fue gran parte de sí misma. Aquel cáncer se lo llevo tan rápido, casi de improviso. Aquel dolor en el costado fue el único aviso, después todo se precipitó cual torrente. La radiografía, la masa, el TAC, las metástasis, la quimioterapia, el dolor, las nauseas, y aquel mal se lo comieron, consumiéndole como una pasa, llevándose su vida y con la suya, también la de ella.

Al alba se incorporó y vio el vacío junto a ella: el armario medio abierto con todos los trajes y camisas colgados; el espejo que siempre le dijo la verdad y que ahora se empeñaba en recordarle como había pasado el tiempo; las fotos con el amor de su vida, sonriendo, hablándole y explicándole los planes para viajar cuando se jubilaran… Y una gran interrogante por responder, ¿qué había quedado de todo aquello?

Comenzó el ritual de cada día, girándose en la cama y apoyando el brazo, al tiempo que sacaba las piernas, haciendo el balancín para que los huesos no se quebraran, colocándose sentada y contando hasta veinte (a veces, hasta cincuenta).

El dolor le acompañaba desde hace años y el camino más largo del día era desde la cama a la ducha. Ese calor benefactor le permitía desentumecer los huesos. La artrosis le había poseído el cuerpo, y en los últimos años no había una articulación que no le doliera, ni un nublado que no supiera por anticipado. “No hay mal que por bien no venga”, pensaba, al tiempo que abjuraba de que el dolor sirviera para otra cosa que para molestar.

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Tras la pastilla del tiroides y la tensión, tomó su primera dosis de tramadol. Le atontaba algo, si bien quizá fuera esa la base de su beneficio. Pensaba otra vez en Antonio mientras se tomaba la oxicodona y ponía aquella cara de alivio que relajaba la tensión aunque le dejaba un poco aturullada y rumiando sus cosas para dentro.

“¿Por qué te has ido Antonio?, ¿quién me va a subir ahora la compra?, ¿con quién voy a ir a Granada a ver la puesta de sol?”

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“Pensé que yo me iría antes, con estos huesos de cristal, con esta menopausia que solo me da sofocos y ganas de comer, mortificando mi vejez y moliéndome los huesos, haciéndolos menudencias y aplastándome las vértebras. Ya no puedo bailar, ni caminar, no puedo casi levantarme de la cama y ni siquiera en ella descanso”.

“Si no fuera por el tramadol, el paracetamol, la pregabalina y los pinchazos de la Unidad del Dolor, mi vida sería un infierno ¡Cómo ayudaron a mi Antonio, con qué cariño! ¡Qué pena que se haya ido así! ¡Tendrían que inventar algo!”, exclamaba una y otra vez.

“Esta tarde no voy a Pilates. Parece un cementerio de elefantes, y el caso es que desde que voy creo que me muevo mejor, hasta he adelgazado, ¡va a ser verdad que el ejercicio me ayuda!” se decía.

“¡Qué tonterías dicen los médicos a veces! ¿Cómo puede mejorar el ejercicio lo que no consiguen los medicamentos? y, si es así, ¿por qué no pusieron a mi Antonio a hacer flexiones? Debe ser que no es lo mismo. A la mujer del frutero la tuvieron que quitar un pecho y lo paso fatal, pero ahí sigue ¿Por qué no te operarias Antonio?”

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“Va a venir la niña con tu nieto, Antonio, y yo hablando sola, bueno contigo. Mañana seguimos la conversación que la pobre tiene que irse corriendo a trabajar ¡A ver si la hacen fija ya! y por lo menos, puede empezar más tarde a trabajar”

¡Qué vida esta!

(Día de los Mayores 2015)

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