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Cervantes,El Quijote y el dolor (II)

Posted by on May 4, 2015 | 0 comments

Cervantes,El Quijote y el dolor (II)

“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros…”

Cervantes, el padre de la novela contemporánea, el autor en prosa por excelencia de la literatura en castellano, fue un hombre anciano en el final de su vida, cuando se publicó la segunda parte del Quijote, y hubo de publicarla, quizá con prisa, en 1615 por la aparición de una segunda parte apócrifa de su obra, escrita por Alonso Fernández de Avellaneda en 1614, personaje, éste último, cuya identidad aún no ha sido bien esclarecida.

Era hijo de un barbero-cirujano, categoría sanitaria menor a la de médico que curaba, mas por la mano y la experiencia, que por el conocimiento fisiológico. Esta experiencia de la infancia y toda su carrera militar, con epicentro en la Batalla de Lepanto, las heridas de guerra y el cautiverio postrero en Argel, le enseñaron más de la vida, la salud y el dolor de lo que hoy podamos aprender en los libros de patología. No hay mejor escuela y en ésta, Don Miguel, se doctoró tras cinco años de cautiverio, y al menos cuatro intentos fallidos de fuga.

El retorno a la península y la desatención de las autoridades a sus demandas para participar en la aventura americana, o algún trabajo relacionado, le abocaron a un puesto de recaudador de tributos donde quizá no dio la talla como administrador público, pues la quiebra de un banco le llevó de nuevo a prisión durante seis meses, en 1597.

En este segundo cautiverio consolidó su carrera literaria (ya iniciada con escaso éxito) con la idea o la escritura de su Quijote. Este hijo de su imaginación (o de la observación de su entorno, como dicen las últimas noticias) se convirtió en alter ego de sí mismo, y le permitió expresar, sin ambages, su opinión sobre la sociedad del momento y la condición humana. ¿Qué mejor manera de experimentar sentimientos o emociones que recrearla en primera persona, pero en el cuerpo de otro?

Cervantes, acabó de escribir la primera parte de “El Quijote” con 58 años y una década después, con 68, la segunda. De hecho falleció al año siguiente de la publicación de esta última, pudiendo conocer la repercusión de la primera y apenas saborear la dimensión universal del éxito de la segunda. Con esa edad seguro que conocía bien lo que es dolor, tanto de su mano tullida, su cuerpo malogrado, así como las privaciones de su desafortunado destino.

Sus restos mortales, que descansaban en secreto en una iglesia de monjas trinitarias del centro de Madrid, han sido localizados y quizá comiencen una itinerancia idéntica a la de su hijo literario, de museo en museo. De no depositarlos con mesura, rodarán ad eternam perdiendo la paz y el sosiego que a buen seguro buscaron entonces.

Alonso Quijano vivía cegado por su pasión literaria y pese a que los 50 años que gastaba era una edad importante para la época, a medida que la obra se desarrolla, parece más por los continuos achaques y los continuas desventuras.

Por eso el dolor tiene una gran participación en la obra, casi siempre después de singular combate contra el cruel destino o la dura piedra que le afecta cuando quiere orinar (“…según me cargan los años y un mal de orina que llevo que no me deja reposar”), o llevándole dientes y muelas  a manos llenas,  moleduras, apaleamientos, morados, de toda índole y sobre todo la sensación de pertenecer a otra época y otro orden de valores.

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El Quijote se mueve por un mundo dominado por los poderosos, un mundo sin escrúpulos, donde imperan los más fuertes y los débiles o los románticos son humillados o apaleados sin pudor. Un mundo que recuerda mucho al nuestro, y al de siempre, aunque hay que afirmar que este mundo nuestro es el mejor que se ha conocido, en cuanto a conocimiento, salud, justicia, equidad, en muchas naciones, que no en todas, ni en todas las ocasiones.

Alonso y Sancho, dos caras de una misma moneda afrontan con igual tenacidad sus diversos afanes, uno desde la prudencia y la sensatez, otro desde el ímpetu desatado, pero los dos dispuestos a completar las aventuras.

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La palabra dibuja, como en todas las obras literarias, la imagen y recrea los paisajes y los hechos. Si estudiamos la manera de percibir nuestras sensaciones, el dolor tiene una fase inicial de localización en las áreas relacionadas con la percepción, para perpetuarse en las relacionadas con las emociones y expectativas, muy vinculado con el lenguaje y el valor simbólico que otorgamos al mismo.

Nuestro pensamiento está hecho de palabras y no solo nos duele como nos han enseñado (percepción y comportamiento), sino en nuestro propio idioma, compuesto de sujeto y predicado, escrito de izquierda a derecha y con los adjetivos después de los sustantivos, y no al revés.

De ahí que el dolor sea realmente subjetivo, inabarcable para los que por su educación tienen menos adjetivos, y lógico, predecible, intermitente, punzante…para los que tienen más cultura. Las estadísticas dicen que a estos últimos les duele, no menos, pero sí mejor, respondiendo más favorablemente al tratamiento. De ahí que habrá que leer más para seguir aliviando el dolor del mundo.

Somos hijos de nuestra cultura y nuestro ADN, nuestro destino, está muy perfilado, aunque no escrito del todo. El azar y el esfuerzo probablemente sean los otros actores de la vida, pero como dice nuestro autor, a modo de colofón de su vida y filosofía…

“…podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible”.

 

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