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Producir dolor

Posted by on Mar 30, 2015 | 1 comment

Producir dolor

En una semana como ésta, en la que una gran parte de la humanidad recuerda el dolor de un hombre ante una cruz y cómo este dolor humano selló una nueva era entre el Dios de los judíos y los hombres, recordamos el dolor de los que viajaban en el vuelo 9525 de Germanwings: 149 inocentes y, por lo que sabemos hasta ahora, un enfermo.

Hemos leído, hemos oído y hemos pensado todas las explicaciones posibles, y aún algunas más escucharemos pero, gente corriente como nosotros, no encontramos explicación. No podemos entender que un ser humano, de una forma consciente, decida implicar en su destino fatal a otros 149. Solo lo entendemos desde un trastorno grave de la salud mental.

Las razones por las que un enfermo conducía un vehículo como éste en esas condiciones deberán aclararse, sobre todo para evitarnos a todos el nuevo miedo a volar y el nuevo riesgo de las alturas, aunque también para limpiar la reputación del colectivo de trabajadores de las líneas aéreas que, después de esto, parece que no pasan suficientes controles físicos y mentales, y corremos el riesgo de convertirlos en una especie de apestados sospechosos de todos los males. Nuestro mundo global no puede permitirse cerrar esta crisis en falso.

Producir dolor es muy fácil, cualquiera puede hacerlo. Nuestro cuerpo está diseñado para percibirlo frente a cualquier agresión por mínima que ésta sea. Es un mecanismo de protección frente al daño severo, para tomar las medidas de protección o seguridad y evitar un daño mayor. Su finalidad es positiva y se ha demostrado útil en la evolución de nuestra especie. Somos así porque, los que no lo eran, no sobrevivieron ante los depredadores o las especies semejantes a la nuestra que competían por el mismo hábitat. Sin embargo, nuestro diseño inicial, de animales sociales, pero de pequeños grupos, se ha visto inmerso en los últimos siglos, y especialmente en los últimos 100 años, en el torbellino de las comunicaciones y el transporte.

Cierto es que nunca antes se pudieron transportar tantas personas y cosas a tanta distancia, con tal rapidez y eficiencia: hombres, animales, alimentos, máquinas, herramientas, materiales, materias primas, etc., recorren el mundo cada día, de norte a sur, en un flujo continuo, asimétrico, pero continuo.

Aquellas caravanas de la ruta de la seda, aquellos intrépidos navegantes que circunvalaron África o se arriesgaron a navegar al oeste hacia las Indias, han sido sustituidas por gigantescos buques transportadores de contenedores capaces de abastecer completamente a una ciudad entera con la carga de un único viaje. Aquellos mensajeros que transportaban la nieve de las montañas al galope a los reyes medievales, han sido sustituidos por aviones frigoríficos que nos traen frutas tropicales del otro lado del océano.

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Esa nueva forma de comunicarnos también ha afectado al conocimiento y a la civilización. La cultura y la información casi no tienen frontera. Lo que está sucediendo en las antípodas lo conocemos en tiempo real y los descubrimientos científicos, las opiniones de los sabios o la ropa que lucen en las galas de los Óscar los artistas del momento, las conocemos con todo detalle sin salir de casa.

Esta capacidad de llegar a todas partes de inmediato, tiene también su parte negativa. El poder de los propietarios de los medios de comunicación poniendo en el primer plano de la actualidad tal o cual idea, pensador o tendencia, alimentando así tales o cuales empresas o personas. También permitiendo a grupos de ideología extremista o sectaria generar dolor en directo, temor universal, sacrificando o torturando en directo a sus semejantes, en nombre de no sabemos qué creencia o idea más o menos radical.

Kenji Goto Jogo, Haruna Yukawaimage006

Cazando y asesinando visitantes ocasionales de sus países, cuyo único delito es el amor a la cultura y la curiosidad del ser humano. Recuerdo las palabras de uno de los protagonistas de la saga Dune, cuando hablaba de la sustancia más valiosa del Universo, la Especia Melange, decía “quien tiene el poder de destruir una cosa, tiene el poder sobre ella”. Este argumento se viene empleando en la historia de la humanidad, imponiéndose los destructores sobre los constructores solo porque su obra es más atroz e intensa.

El imperativo ético que empujó al filósofo García Morente, la bondad que distinguía a la humanidad de las demás especies, queda en entredicho con estas excepciones que provocan guerras mundiales, dinamitan edificios, estrellan aviones o matan inocentes en los cinco continentes. Quizá no sean humanos, quizá no deberíamos tratarlos como tales, quizá debamos reforzar los controles…No hay una solución única ni buena del todo. Contra este dolor, además de amor, para las víctimas y sus familiares, debemos revisar las normas para adaptarnos a esta nueva amenaza y a este nuevo dolor que se abre camino en el siglo XXI.

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El dolor del médico

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  1. Excelente adicíon al blog

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